Mientras
las democracias del mundo se hunden cada vez más en una crisis de
representatividad, el populismo se fortifica como una reacción a la vez
natural y engañosa. Natural, porque las desigualdades fracturan cada vez
más a los Estados. Engañosa, porque parte de una visión simplificadora
del pueblo como sujeto.
Hay dos palabras que hoy se miran como perros de cerámica: pueblo y
populismo. Paradójicamente, del fundamento positivo de la vida
democrática se deriva un término negativo. Se execra el populismo en
tanto que se exalta el principio de la soberanía del pueblo. ¿Qué
encubre sospechosamente esta paradoja?
.
Para aclarar la cuestión, primero es necesario partir de la idea de
que el pueblo es efectivamente el principio activo del régimen
democrático, pero que es una fuerza indeterminada. Hay, en efecto, una
distancia entre la evidencia de un principio –la soberanía del pueblo– y
el carácter problemático de ese pueblo como sujeto.
En segundo lugar, está el carácter también problemático de las
instituciones y los procedimientos por los que se expresa el pueblo.
¿Existe el sistema representativo porque la representación directa es
imposible en una sociedad grande? ¿O existe porque el sistema
representativo tiene virtudes propias, por la obligación que lo conduce a
deliberar, a explicar en público? Esto no ha sido verdaderamente
resuelto nunca.
Es necesario partir, entonces, de esta doble indeterminación para
comprender las relaciones equívocas entre las referencias positivas al
pueblo y el empleo suspicaz de la noción de populismo. La tercera
indeterminación concierne al hecho de que el pueblo no es simplemente un
principio ordenador, sino que es también sustancia y forma social de la
democracia. Es el rostro de la gente común, la forma de una sociedad de
los iguales. Hoy en día podemos decir que el pueblo está en crisis. Hay
una crisis particular de la representación. Y por otro lado, la
sociedad ya no forma un cuerpo, está dislocada por las desigualdades.
En una primera aproximación, se podría decir del populismo lo que
Marx decía de la religión: que es a la vez síntoma de una miseria real y
expresión de una ilusión. Es el punto de encuentro entre un desencanto
político, debido a la representación fallida, a las disfunciones del
régimen democrático y a la no-resolución de la cuestión social de hoy en
día.
El populismo es una forma de respuesta simplificadora y perversa a
esas dificultades. Es por eso que no podemos solamente aprehenderlo como
un “estilo político”, como algunos lo llaman, reduciéndolo a su
dimensión demagógica.
Antes que comprender el populismo, es mejor comprender la democracia con
sus riesgos de desviación y confiscación, con sus ambigüedades y su
inconclusión también. No contentarse con un rechazo pavloviano y
automático para hacer de la palabra populismo un espantajo impensado. La
cuestión del populismo es, en efecto, intrínseca a la de la democracia.
Y nos podemos plantear aquí una pregunta: ¿acaso el siglo xxi no está
en vías de convertirse en la era de los populismos, como el siglo xx
fue la de los totalitarismos? ¿No es ésta la nueva patología histórica
de la democracia que está en vías de sentar plaza? Lo anterior, también
con el peligro de utilizar una noción de contornos igualmente laxos.
El populismo presenta algunos trazos sorprendentes. Se puede decir,
primero, que la doctrina del conjunto de los partidos involucrados se
basa en una triple simplificación. Una simplificación política y
sociológica: considerar al pueblo como un sujeto evidente, que está
definido simplemente por la diferencia con las élites. Como si el pueblo
fuera la parte “sana” y unificada de una sociedad que formaría
naturalmente un bloque desde el momento en que se deshiciera de las
élites cosmopolitas y de las oligarquías. Vivimos, ciertamente, en
sociedades que están marcadas por desigualdades crecientes. Pero la
existencia de una oligarquía, el hecho de la separación de los ricos, no
bastan para hacer del pueblo una masa unida.
Otra simplificación: considerar que el sistema representativo y la
democracia en general están estructuralmente corrompidos por los
políticos, y que la única forma real de democracia sería el llamado al
pueblo, es decir, el referéndum.
La tercera simplificación –y no la menor– tiene que ver con la
concepción del vínculo social. Consiste en considerar que lo que
cohesiona a una sociedad es su identidad y no la calidad interna de las
relaciones sociales. Una identidad que está siempre definida
negativamente, a partir de una estigmatización de aquellos a los que hay
que rechazar: los inmigrantes o el Islam.
Si se estima que el populismo está fundado sobre esta triple
simplificación, remontar ese “ir al garete” del populismo supone
reflexionar sobre la mejor manera de alcanzar la democracia. Nadie puede
pretender combatir o parar al populismo contentándose con defender la
democracia tal como hoy existe. Para criticar el populismo es necesario
tener un proyecto de reinvención y de reconstrucción de la democracia.
¿En qué dirección? Doy rápidamente algunos elementos.
Primero que nada, hay que partir del principio de que, para realizar
verdaderamente la democracia, en lugar de simplificarla es necesario
complicarla. Porque nadie puede pretender poseer al pueblo, nadie puede
pretender ser su único portavoz, puesto que no existe sino bajo especies
y manifestaciones parciales. Existe, primero, un pueblo aritmético: el
pueblo electoral. Éste es el pueblo más fundamental, pues cualquiera
puede pretender hacer hablar al pueblo diciendo “la sociedad piensa
que”, “el pueblo piensa que”, pero nadie puede decir que 51 es inferior a
49 por ciento.
Hay una especie de evidencia de ese pueblo aritmético. Es el poder de
la última palabra. Pero el problema es que la definición de pueblo o de
interés general debe englobar a la inmensa mayoría de la sociedad y no
simplemente a su mayoría. Es por eso que es necesario acudir a otras
figuras. ¿Cuáles?
Primero, la del pueblo social, que se expresa a través de las
reivindicaciones ligadas a los conflictos, toma la forma de comunidades
puestas a prueba y se liga a trozos de historia vividos en común. Puede
ser también el de esa opinión indistinta y confusa que hoy existe a
través de la internet (pues la internet no es un medio sino una forma
social, una especie de materialidad directa, moviente). Su voz debe ser
escuchada. Hay también un tercer pueblo que juega un papel esencial: el
pueblo-principio. Está definido por los fundamentos de la vida común. Lo
que representa este pueblo es, entonces, el derecho, las reglas
fundadoras del contrato social, la constitución. Y hay, en fin, un
cuarto tipo de pueblo que podríamos llamar “el pueblo aleatorio”. En
ciertos casos es tan difícil configurarlo que puede dejarse a la suerte,
lo que es una manera de suponer que está constituido por una
equivalencia radical.
Lo importante es darle su lugar a estos diferentes pueblos: el pueblo
electoral-aritmético, el pueblo social, el pueblo-principio y el pueblo
aleatorio. Pues el pueblo es siempre aproximativo. Para hacerlo hablar,
hay que multiplicar las voces, declinar sus modos de expresión. Sólo en
circunstancias excepcionales un pueblo habla con una sola voz; en el
resto de los casos, es necesario que haya polifonía.
Por otra parte, es necesario multiplicar la soberanía. Aquí tampoco
hay una manera única de expresar la voluntad general. La expresión
electoral, en primer término, no es sino intermitente, y la demanda de
democracia es permanente. Pero ésta no puede tomar la forma de una
democracia de “apretar el botón” –aunque hoy técnicamente existiera la
posibilidad– pues la democracia no es simplemente un régimen de
decisión. Es un régimen de voluntad general, lo cual se construye en la
historia. Eso implica, sobre todo, el que se someta a los gobernantes a
una vigilancia acrecentada, a rendiciones de cuentas más frecuentes, a
formas de control. El ciudadano no puede estar detrás de cada decisión,
pero puede participar en la facultad colectiva de vigilancia y
evaluación.
Una tercera meta esencial, finalmente, es complicar la democracia:
encontrar los medios para producir un ente común que haga sentido, una
sociedad que no sea una simple colección de individuos. Hoy en día éste
es uno de los problemas esenciales que enfrentamos.
La democracia debe definirse mucho más resueltamente como un modo de
producción de una vida común. Vida común que no es simplemente la de los
grandes momentos solemnes de efervescencia electoral o festiva, sino
que está constituida por la cotidianidad, por la confianza común, por la
redistribución, por el hecho de que se compartan los espacios públicos.
Estamos en un momento en el que debemos igualmente redefinir y
enriquecer la vida democrática a través de una democracia más
interactiva y no simplemente de una democracia de autorización, pero
también en el que nos hace falta redefinir el contrato social. Esta
dimensión es la de una democracia que se concibe a partir de lo que
estaba en el corazón de las revoluciones americana y francesa: la
búsqueda de una sociedad más igual.
Es ésta la tarea que, me parece, está ante nosotros. Si reconstruimos
ese común, si tratamos de profundizar mejor la idea democrática,
entonces la cuestión del populismo podrá encontrar una forma de
respuesta que no será simplemente la de un rechazo inquieto, sino la de
una vida democrática ensanchada y profundizada.
Versión al español de David Pantoja
1 Este texto es un extracto de la lección con la que Pierre
Rosanvallon inauguró –el 18 de julio pasado en Montpellier, Francia– los
Encuentros de Petrarca, organizados por France Culture y Le Monde en el
marco del Festival de Radio France & Montpellier. Apareció el
viernes 22 de julio de 2011 en Le Monde.
PIERRE ROSANVALLON (Blois, Francia, 1948) es profesor del Collège de
France y preside el taller intelectual “La República de las Ideas”.
Entre sus obras están El capitalismo utópico (Nueva Visión, Buenos Aires, 2006), La contre-démocratie. La politique à l’âge de la défiance (Seuil, París, 2006) y La légitimité démocratique. Impartialité, réflexivité, proximité (Seuil, París, 2008).
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