Transición: Comprender Venezuela. I°, II°, III°, IV° ,V°, VI° y VII°
Comprender Venezuela (I°)
Santiago José Guevara*
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| Santiago Guevara y Diego Arria |
Este es el primero de una serie
corta de artículos que dimensionan y precisan los requerimientos mínimos de
reconocimiento, a fines de superación, de la compleja situación que hoy
destruye, humilla y anula a Venezuela.
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Hay un evidente dilema en el
análisis. Ese dilema está claro y es antinómico: unos piensan y actúan como si lo
que ocurre responde a una plena legitimidad democrática o a una situación de
normalidad política; otros planteamos que hay una dramática situación
conflictiva y riesgosa de progreso a una radicalización totalitaria, altamente
entrópica, con aristas sobre las cuales no hay posibilidad de consenso que no
sea por el forzoso reconocimiento de realidades aún ausentes.
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En otros artículos de la serie
nos referiremos a lo por venir. A lo prospectivo y estratégico, queremos decir.
En éste, aportaremos a precisar el presente, para poder avanzar al futuro con
base en el reconocimiento de realidades. Vayamos a comprender Venezuela, pues.
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El proyecto cubanoide de Chávez
siempre estuvo en su intención. Hay que reconocerle que supo camuflarlo y
salvarlo de múltiples obstáculos en el camino, varios de ellos superados por
concesiones de quienes tuvieron posiciones de poder en el pasado reciente y
ahora piensan como si estuvieran en algo que se parece a lo que regentaron.
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Ese proyecto es excluyente de
toda posibilidad efectivamente democrática, aunque se cuide escrupulosamente de
guardar las apariencias, conceder espacios, permitir la supervivencia a algunos
de sus oponentes, soltar migajas de la abundante renta petrolera; etc. Todo, de
modo que lo barnicen de democrático.
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Su juego es de suma-cero. No
contempla la alternancia, aunque el texto constitucional la proclame. Eso nos
sitúa con mucha claridad enfrente de un conflicto, el cual, por lo demás, hemos
caracterizado en su ciclo inicial, por evidente. No es, entonces, ni una
situación legítima ni de normalidad democrática, que permita pensar en
posibilidades de superación por la vía electoral, bajo las condiciones
imperantes.
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Nuestro accidentado artículo
anterior pintó la terrible situación general del país. Cada día hay nuevas
evidencias. Para el régimen es sólo un proceso de transición al socialismo,
aunque en un esquema, no de acumulación y fortalecimiento de las fuerzas
productivas, sino en todo lo contrario: su anulación. Al final, para ellos y
sus cómplices no importa esa destrucción. No olviden que a Venezuela, en el
peor de los casos, le ingresan por encima de 100 millones de dólares diarios de
renta petrolera.
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Lo peor de todo es la
confabulación de intereses entre una cúpula militar corrupta y ligada a los
peores negocios; un estamento político oficial oportunista y también corrupto;
el Foro de Sao Paulo, con Lula, los Castro y sus cómplices, como principales
beneficiarios; una “geopolítica” de estados forajidos, bandas, traficantes y
oportunistas; un “lumpen” empoderado; grupos estatales y paraestatales
violentos; etc. Es decir, un país con todas las alarmas encendidas, en lo
relativo a un eventual conflicto abierto.
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En esa realidad se ubica una
dirección partidista opositora, con muy bajo reconocimiento, en buena medida
responsable o legataria de los causantes, con su miopía política, de los
tiempos actuales. Sus atributos complican la situación: son usufructuarios de
un inteligente esquema de cohabitación, no reconocen el sistema electoral no
competitivo del régimen, se niegan a la denuncia de la compleja situación
política, no se sienten obligados al reclamo y denuncia de los derechos
básicos; carecen de sentido de largo plazo; etc. Han constituido un acuerdo
unitario, predominantemente partidista, para el cual han limitado, pero no
impedido, la presencia de opiniones alternas.
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Esas voces alternas representan
las otras opiniones sobre la situación del país. Estamos parados en un campo
minado, apuntados por muchos. Hay que proclamar, reclamar y hacer avanzar con
fuerza una transición a la democracia. Hay que cambiar radicalmente el piso
institucional, militar, policial y violento del sistema. Hay que definir, no un
programa de gobierno, sino una exigente y prolija transición democrática. Y hay
que iniciar desde ya la preparación de un largo ciclo virtuoso de democracia.
Esas voces las comparto. Ellas deben ser impulsadas para hacerlas arraigar y
florecer.
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Comprender Venezuela (II°)
Santiago José Guevara*
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“Estamos parados en un campo
minado, apuntados por muchos”. Es la metáfora usada en nuestro artículo
anterior, para referir el aspecto más preocupante de la precisa situación
actual de Venezuela. Para muchos, ni tan metáfora.
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Un impúdico jefe de Estado; la
tutela del sátrapa criminal Fidel Castro; una cúpula militar con voceros que
plantean abiertamente que no reconocerán otro mando que el de Chávez (o sea, de
ellos mismos); paramilitares institucionalizados (la Milicia, V° componente de
la Fuerza Armada); un desaforado armamentismo sin ninguna razón geopolítica;
muchísimos cubanos, iraníes y de otras nacionalidades, como personal de
confianza; “colectivos” armados (solo una zona de Caracas tiene cerca de cien);
muchas armas en manos de civiles; un extenso “lumpen” como parte del “bloque
histórico”; actividades ilícitas transnacionales; delincuencia desbordada;
etc., en verdad no son una metáfora. Son el polvorín que hoy es Venezuela. Y
recuerden: hablamos de un país con un botín de más de cien millones de dólares
diarios.
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Agréguese que de parte de la
oposición institucional –o sea, partidista- agrupada en la Mesa de la Unidad
Democrática (MUD), no ha habido una estrategia de contención de los procesos
que han permitido las situaciones referidas. Su manejo es de un simplismo,
frente a lo descrito, según el cual todo se resuelve el día de las elecciones
presidenciales. Crasa ignorancia o modos “complacientes”. Ustedes concluyen
bien si piensan que Hugo Chávez y su régimen han tenido, entonces, manos libres
para un largo derrape hacia un cada vez mayor totalitarismo, condimentado con
ilícitos, que anulan, por muchas vías, posibles iniciativas de solución. Los
más de cien millones diarios permiten “resolver” a muchos.
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Tampoco, excepto por el albur de
una reciente iniciativa de los estudiantes universitarios, en conocida
confrontación con la cúpula de la MUD, ha habido una estrategia de
diferenciación de la oposición respecto al pésimo desempeño del régimen. La
mayoría de los voceros políticos y precandidatos opositores, de hecho emulan
las ejecutorias de Chávez o evaden el contraste. Sólo el reciente debate
realizado en ambiente universitario ha permitido el surgimiento de lo que llamo
“voces alternas” al quietismo y conformismo de la oposición en su necesaria demostración
de superioridad cualitativa.
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Dentro de esas “voces”, algunas
refieren lo antes expuesto por nosotros. No sólo eso: una de ellas asumió la
iniciativa de plantar un inmenso disuasivo a los desmanes ‘chavistas’. Lo hizo
por la vía jurisdiccional internacional para delitos de orden penal. La
reacción de la oposición institucional ha ido desde la descalificación hasta el
desprecio, pasando por la evasión, vaciando de significado y valor el recurso
de contención de los desmanes ‘chavistas’, un pésimo cálculo político respecto
al conflicto presente.
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Nuestra posición, entonces –está
en nuestro libro, respecto a momentos iniciales del proceso- es que Venezuela
enfrenta hoy un gravísimo problema -político, militar, delincuencial, violento-
que puede anular todo esfuerzo electoral –la política opositora institucional
es puramente electoralista- e incluso político, si la gestión política no
internaliza válidamente la realidad que enfrentamos.
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Realpolitik ante el “argumento”
de las armas; licencia generalizada para el festín de la inmensa riqueza
nacional; dirigencia política agotada históricamente; beneficios de una
intranquila, pero beneficiosa cohabitación para los aparatos partidistas; gran
despojo nacional por una entente de factores rentistas nacionales e
internacionales; etc. Lo que sea, incluso todos los factores juntos, llaman a
una atención política inteligente de los problemas de hoy y la cruda
preparación de cada uno de los pasos progresivos de una completa recuperación
del país.
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Ya no estamos para creer en
“pajaritos preñados”. No es un tema electoral. Es profundamente político y
social. Requiere más que deseos. Hay que asumir hoy una ingente tarea de
comprensión. Existe un nudo duro de problemas riesgosos que exigen gestión
también dura. Toca comprender bien, para actuar mejor.
Comprender Venezuela (III°)
Santiago José Guevara*
“Hay que proclamar, reclamar y
hacer avanzar con fuerza una transición a la democracia”. Es nuestro primer
reto para el presente y el futuro inmediatos. Menuda exigencia. Planteamiento
desconocido, incomprendido o incómodo para muchos, incluso en la dirección
política opositora.
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Ignorancia, autosuficiencia,
confusión conceptual, influencia de los golosos aparatos frente al desmadre en
el manejo del botín nacional, temor, etc., lo cierto es que ni las experiencias
de otros –repetimos insistentemente el ejemplo birmano ahora y un viejo
discurso del padre de la democracia venezolana, Rómulo Betancourt, en Nueva
York, en enero de 1957- ni el “librito” son tomados en cuenta para el diseño y
práctica de la política democrática frente a un totalitarismo hegemónico como
el militarismo del siglo XXI que enfrentamos.
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Lo cierto es que hay un mínimo de
exigencias políticas: un modelo de gestión, teorizaciones diversas, una
práctica probada, viejas experiencias nacionales, el ejemplo de otras, etc.,
que son de obligatorio seguimiento, para poder encarar con éxito el
enfrentamiento con los totalitarismos, sean cuales sean. Betancourt y los otros
factores políticos presentes en el trance de 1957-58 –una amalgama de factores
y circunstancias- lo hicieron. La señora Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la
Paz birmana, lo hace en su país, en el actual momento.
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Por el contrario, la dirección
política opositora venezolana peca de un simplismo, ignorancia o displicencia,
rayana en la complicidad, por razones que valdría la pena establecer, pero que
no se compadecen ni con la lógica, el conocimiento establecido o la propia
experiencia nacional. No hay contención, lucha, protesta, contraste de propuestas,
movilizaciones, etc. Sí hay un amplio despliegue de electoralismo, que es
estéril a los fines de demostrar y crear situaciones de hecho que evidencien la
opresión y el totalitarismo, condición esencial para salir de una situación con
las características de la nuestra.
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La discusión sobre las causas de
la conducta de la dirección opositora es de altísimo interés para llegar a
definir el tipo de actuación que se corresponde con el diagnóstico que
avanzamos. El temor al poder totalitario es una que se invoca mucho. Yo postulo
que por encima de ese factor se ubica el inmovilismo de la política partidista.
Y lo repito: no es el temor lo que inhibe la práctica política opositora
necesaria, sino el inmovilismo, por razones a discutir, como política frente al
totalitarismo.
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El problema revisado debió
enfrentarse desde hace tiempo. Ahora surge como contradicción en el seno de los
precandidatos unitarios. Cada día hay más temas de agenda que enfrentan el
inmovilismo y asumen conscientemente una transición a la democracia. Resulta
que no haberlo hecho en la dirección opositora llevó a surgimiento en el seno
de los precandidatos. Al menos Machado, Medina y Arria lo hacen, con matices
diferentes.
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Bienvenido sea el deslinde. A
falta de un buen “timing”, es necesario encararlo ahora, no mañana. Menos, para
un después sólo sobre esperanzas electorales, que no se sabe si cuajan. Pero,
no sólo no está en la agenda de la oposición partidista tradicional y la cúpula
de la Mesa, sino que se intenta ahogar cualquier iniciativa al respecto. Eso,
en abierta contradicción con algunos precandidatos, en los que pareciera
existir un convencimiento de la inevitabilidad del problema de la mezcla de
totalitarismo con ilícitos, en razón de la más que clara naturaleza militar del
régimen, su bizarro “bloque histórico” y el volumen de recursos que maneja... y
deja permear.
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Lo cierto es que la mezcla de
contención; superioridad cualitativa; evidencia de la realidad totalitaria;
protesta frente a ella; armado de un nuevo “bloque”; anticipación y preparación
de la transición democrática ahora; proclama de enfrentamiento de un
totalitarismo hegemónico; gestión política del día a día; empuje de los
procesos que agudicen la contradicción entre las aspiraciones de los
venezolanos y la realidad de destrucción, humillación y opresión del régimen; y
denuncia y lucha por un sistema electoral más competitivo son tareas
ineludibles hoy.
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Algo de lo anterior hacen las
“voces alternas”. Ojalá fuere política de dirección opositora. A un
totalitarismo hegemónico no se le gana con sólo electoralismo. Hay que asumir
el juego correcto. Es una responsabilidad histórica. Yo salvo la mía.
Comprender Venezuela (IV°)
Santiago José Guevara García*
“Hay que cambiar radicalmente el piso institucional,
militar, policial y violento del sistema”. Con ello, entramos ya en temas de la
transición democrática. Pero no en el arranque de un eventual nuevo gobierno,
sino ahora. Denuncia y lucha, como acciones de campaña; actuación rápida en la
reconstitución institucional y la paz social, como medidas inmediatas de Estado
y de gobierno. Son cuestiones de vida o muerte de la eventual naciente
democracia. Es el campo de la plena gobernabilidad. Es un asunto de viabilización,
no de acción ordinaria de gobierno.
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El mejor diagnóstico sobre la situación institucional
venezolana lo obtuvimos del documento presentado al país por las Academias hace
algo más de un año: “advertimos y denunciamos que en la actualidad en Venezuela
no están garantizados los principios fundamentales ni el cumplimiento del Pacto
Social del Estado de Derecho y de Justicia de una sociedad democrática y plural
que postula la Constitución”. El mejor sobre la situación militar, de la
delincuencia y la violencia se lo hemos escuchado repetidamente a Diego Arria:
“coexisten bajo el amparo del estado más mafias internacionales, enquistadas en
las Fuerzas Armadas Venezolanas y enquistadas en los cuerpos de seguridad, que
hacen de Venezuela casi un estado delincuencial, casi forajido”.
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A nosotros nos interesa el análisis de la viabilidad de un
eventual nuevo gobierno bajo unas condiciones como las señaladas. Creemos que
un esfuerzo de reinstitucionalización general debe ser abordado como urgencia y
plan altamente estructurado de los dos primeros trimestres de ejercicio. Un
plazo de tres años, como ha señalado Arria en su campaña, debe permitir una
masa irreversible de condiciones y resultados. Aunque hay líneas de acción
indiscutiblemente críticas, sin embargo, deberán ser asumidas las
complementarias en todas las esferas de la vida social. Nuestro libro tiene una
propuesta de organización para estas últimas.
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En el mundo de la Venezuela democrática de hoy, sin embargo,
hay discrepancias sobre el “qué”, el “cómo”, el “cuánto” y otros elementos de
definición del “qué hacer” frente a la situación actual enfrentada. De manera
consciente o no, hay diagnósticos diferentes, soluciones enfrentadas,
posiciones sobre la gradualidad o concentración de decisiones, discrepancia
sobre el trade-off justicia-impunidad. En estos temas calientes se ubica la más
importante “partición de aguas” entre opositores. Insistimos en verlos como
asuntos de viabilización, no de posiciones.
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El conocimiento establecido nos permite saber: 1) Cómo
disponer del mejor diagnóstico, e incluso las taxonomías que permitan afinarlo,
aun en caso de discrepancias menores; 2) Cuáles soluciones se corresponden con
cada diagnóstico; 3) cuáles riesgos y problemas se asocian a las actuaciones
graduales o de shock; 4) de cuáles medios de institucionalización o
reinstitucionalización se dispone; 5) cuáles son las “mezclas” óptimas entre
justicia y “mano zurda” (habilidad negociadora); y 6) Los componentes
esenciales de una agenda de la transición democrática. Todo, como instrumental
político a los fines de mejoramiento de la gobernabilidad democrática.
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Hay otro conocimiento, no convencional, emergente, resultado
de la lectura minuciosa de las partituras de las transiciones democráticas
conocidas, a veces en las “letras pequeñas” de los procesos, que son aún más
viabilizantes, pero esquivas a la lectura de lo obvio. Son, por decirlo así, el
“arte” del gobierno de las transiciones. Un solo ejemplo, relativo a la esfera
cultural, pero de indiscutible impacto en lo político, sin mención al “cómo” y
sin detalles: las relaciones gobierno-medios de comunicación social.
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El tema de la transición democrática, el cual hemos
introducido en la discusión política nacional, desde la época de nuestras
responsabilidades en el Capítulo Carabobo de la Coordinadora Democrática,
frente a la propuesta del llamado Plan Consenso-País, admite aún mucho
desarrollo. Cito otro aspecto, sobre el cual impera una completa ignorancia: la
interpretación de los modos específicos de cada transición –hemos identificado
al menos cuatro- y las posibilidades y limitaciones políticas frente a ellas.
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La transición democrática es ineludible, si el fin es el
inicio de un nuevo ciclo virtuoso de democracia. Procede saber, para proceder.
Trabajamos el tema de la transición. Procede asumirlo y discutirlo. Negarlo es
no entender que gobernar, más que hacer es viabilizar.
Comprender Venezuela (V°)
Santiago José Guevara García*
“Hay que definir, no un programa de gobierno, sino una exigente y prolija transición democrática”. En el artículo anterior decíamos “que un esfuerzo de reinstitucionalización general debe ser abordado como urgencia y plan altamente estructurado de los dos primeros trimestres de ejercicio”. Resulta lo mismo que decir que una “concentración de decisiones” resulta necesaria. Es el arranque de la transición democrática.
Una mezcla de vías es completamente posible y recomendable. No caben dogmatismos ni subterfugios algunos al respecto. Nuestro “Proyecto Bicentenario” hace acopio de esas vías, sin fijaciones ni límites. Nos interesa la mayor amplitud estratégica para la inmensa y compleja tarea de reconstitución social e institucional de la República.
La situación política actual en la política democrática venezolana –una evidente partición de aguas en posiciones y propuestas- permite agregar un poco de sazón al tema que nos interesa. Uno de los precandidatos, Diego Arria, soltó en el primer debate televisado, el 14 de noviembre, entre otras -también polémicas- la propuesta de una Asamblea Constituyente, apenas se asuma el poder. Y refiere algunos temas para reformas o en la constituyente misma. En el segundo debate, Pablo Medina también lanzó una propuesta constituyente. Ambos proponen soluciones esenciales al conflicto nacional y sus secuelas.
Esos temas atrajeron la atención del electorado y los medios, pero también una reacción de los sectores tradicionales de la política democrática y de la cúpula de la Mesa. Después del segundo debate se sabe de buenas fuentes que la Mesa propondrá un texto de acuerdo unitario a ser suscrito el 23 de enero próximo por los precandidatos en el cual se excluye la Constituyente como modo de reinstitucionalización del país. No se sabe si se hará lo mismo con el tema de la transición democrática, en lo relativo a los temas de la gobernabilidad de los primeros años del eventual nuevo ciclo democrático. De hecho, ni siquiera es mencionado en el documento ya suscrito el 26 de septiembre pasado, por representantes diversos de la política democrática. Las apuestas sobre el 23 de enero van del impasse seguro al arreglo en baja voz.
Quien quiera que sea que encarne la política democrática de cara a las elecciones presidenciales de octubre próximo deberá enfrentar el reto de formular los escenarios de la entrega/recepción del poder y de la forzosa transición democrática. Cuáles sean los escenarios reales en ese Rubicón marcarán “la mitad” de las posibilidades concretas de acción. Un vacío de poder o una intención de cooptación del régimen en “artículo mortis” son situaciones extremas y antinómicas. La otra “mitad” de las posibilidades dependerá de la capacidad de los operadores políticos en el proceso.
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La propia historia democrática nacional nos muestra, en un pasaje sobre el cual se tiende una especie de manto de ocultamiento, cómo el lapso de la noche del 22 de enero de 1958 a la mañana del 24, no fue una clara apuesta por el regreso a la vida republicana, sino un intento de depuración y reafirmación de la clase militar, abortado por la confluencia activa de sectores políticos y sociales y la inteligente gestión política de algunos operadores en el Palacio Blanco. Lo que voy a afirmar, nadie lo dice: el preciso desenlace fue impulsado por las Fuerzas Armadas, con pretensión de cooptar el nuevo proceso, expresada claramente en la composición de la Junta Militar de Gobierno instalada y el artículo tres de su Acta Constitutiva.
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Con independencia de las subjetividades acomodaticias de la clase política venezolana, nadie duda que los retratos de la precisa situación actual y de los próximos meses, exigen una “concentración de decisiones” y una vigilante gestión, para el presente, el interín, el día “cero” y subsiguientes. La panoplia de medios debe ser previamente desplegada en un menú de opciones para cada escenario. No es cuestión de creer o no en ellos. Es lo que nos permite aprender la historia real. Para ello, la dirigencia no puede ser cualquiera. No es tema de carismas, sino de equipos. Nadie puede sentirse ausente. La sociedad debe estar movilizada o presta a ello.
El pase de una eventual victoria en 2012 a una posibilidad democrática de largo plazo va a depender de la inteligencia, la capacidad y la apropiada lectura del específico momento de la transición democrática. No es manía temática plantearla. Es la realidad que enfrentaremos. La realidad es lo que es y no lo que algunos quieren que sea.
Comprender Venezuela (VI°)
Santiago José Guevara García
Ya vamos terminando nuestra serie. Es nuestro penúltimo artículo. En la quinta y última afirmación del primero decíamos: “Y hay que iniciar desde ya la preparación de un largo ciclo virtuoso de democracia”. Es la propuesta más trascendente. La que puede asegurar la definitiva –y hasta ahora imposible- madurez institucional y política de la sociedad venezolana, con todos sus efectos positivos derivados.
No la hacemos, de toda evidencia, en función de nuestro propio y mezquino horizonte de vida. Aunque nos reta iniciarla. De hecho, lo hacemos por la vía de nuestros aportes personales, en los planos principista y conceptual, al “Proyecto Bicentenario”. Es que el reto es de largo plazo. Y el criterio de éxito, consolidar. La consolidación democrática de Venezuela y el progreso general aparejado son los propósitos de nuestros afanes.
Del tema nadie habla en el país. O lo hace erradamente. Así como nos tocó, en veces anónimamente, impulsar el concepto transición, ahora nos lo proponemos con la consolidación. Hay un problema: el largo plazo interesa a pocos. Se le concibe como una evasión del presente, sin percatarse que todos los plazos –incluido el largo- empiezan hoy mismo. O sea, en el presente. Nuestro planteamiento es claro: los conceptos, los acuerdos, los procesos, las instituciones, etc., para el largo plazo de la democracia deben comenzar a acordarse y establecerse ahora.
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La preocupación estuvo en las mentes y expresiones de los “padres fundadores” de la democracia. Estuvo en Mariano Picón Salas, en 1946. Estuvo, menos nítido, en Rómulo Betancourt, en 1958. Puntofijo no la expresó cabalmente. Posiblemente la turbulenta década de los ’60 impidió la maduración de un proceso y una reflexión que se acercaran al proyecto de largo plazo. Después, sólo formalidades y exquisiteces, nunca cercanas a la realidad. Sólo la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado) apuntó a algo de lo necesario, pero mal conceptuada y en contexto adverso y definiciones erráticas.
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Hoy, para muchos, es una finura lejana. No se hace el trabajo cultural de implantar el largo plazo como tema político y luego se alega su ausencia en la agenda, para estigmatizarlo. Uno descubre que el largo plazo es un concepto que tiene que luchar por su vida todos los días: lo es –vayan dos ejemplos- en la planificación territorial y urbana y en las grandes obras de infraestructura. El drama lo expresaba crudamente un amigo muy querido, cuando me criticaba por coordinar un plan de ordenamiento de una zona litoral del país y referirme a los resultados a veinte años. Decía: “Santiago se interesa por lo que pasará en el futuro lejano, mientras a la gente le dará hambre tres veces hoy”. El concepto implícito en su posición es que corto y largo plazos son bienes sustitutivos y no complementarios.
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La consolidación democrática venezolana debe ser el resultado de un acuerdo social amplio y prolongado. Deberá cobijar instituciones y prácticas para el largo plazo (un Observatorio de la Sostenibilidad Democrática, o la definición de diversas “funciones públicas” profesionales: maestros, policías, jueces, etc.) formalizadas de una o varias formas cualesquiera (desde una Constituyente hasta la acción ordinaria de un Alto Tribunal Constitucional). Dos son entonces los medios disponibles hoy para abordar la tarea: una actividad de formalización de definiciones para el largo plazo y un dispositivo permanente de observación, evaluación y control de la sostenibilidad (y renovación) de las instituciones.
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El logro exige condiciones culturales y políticas hoy excepcionales. Las Universidades están dispuestas a atacar las primeras. Al menos eso han dicho, por la vía de nuestro Proyecto. Las segundas no son evidentes hoy, pero tampoco ha existido el contexto que las permita. Estamos posiblemente en el mejor momento después de 1958. Chávez lo tuvo, lo dilapidó y metió al país en un hoyo siniestro. Estamos, como digo en mi libro, frente a un nuevo ciclo largo de democracia y sería una insensatez iniciarlo sin los pasos hacia lo permanente.
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La consolidación democrática es el tema es al cual presto mayor atención. A contracorriente. Pero, estoy acostumbrado. Venezuela no puede seguir siendo una maldita mina a la que nadie, ni propios ni extraños, mira y trata con afecto y consideración.
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Para ser una nación –termino con una de mis citas preferidas- debe desplegarse lo que Picón Salas llamó “la voluntad dirigida”,… “aquella conciencia poblada de previsión y de pensamiento que desde los días de hoy avizora los problemas de mañana”.
Comprender Venezuela (VII° y último)
Santiago José Guevara García*
Hemos llegado al final de la serie. Siete artículos que nos han permitido traer a la superficie varios temas de naturaleza y crítico valor político. Son, por decirlo así, la maleza que debe ser segada para abrir brecha al Proyecto de País.
No tiene sentido de realidad ni posibilidad de trascendencia ninguna formulación respecto a temas del bienestar, sean globales, sectoriales o territoriales, si no se ha resuelto el problema de la viabilidad de la democracia y el progreso a corto, mediano y largo plazos.
Como pudimos exponer, hay temas de hoy, del mañana inmediato, de pasado mañana y de siempre. Finalicemos la serie puntualizando lo que no es aceptable: 1) el colaboracionismo, 2) el acostumbramiento de liderazgos y maquinarias a la cohabitación, 3) el estéril electoralismo, 4) la timidez en la proclama de la transición a la democracia, 5) la ausencia de un esquema claro y riguroso de lucha contra el totalitarismo imperante, 6) la no consideración de la ineludible transición democrática, 7) las maniobras tras bastidores para enfrentar modos estratégicamente válidos de reinstitucionalización y 8) la no asunción y preparación de la deseable consolidación democrática. Concentrémonos en los tres primeros.
No enfrentar políticamente el tema de las condiciones electorales es colaboracionismo. Sí, colaboracionismo. Igual que muchos, en la sociedad francesa, con Adolfo Hitler, en la primera mitad de los ’40 del siglo pasado. Después dijeron que no lo sabían. Pero, quedaron marcados para toda la vida.
El punto es que el sistema electoral ‘chavista’ es sólo aparentemente competitivo, cuando en efecto no lo es. Y se aprovecha, para las decisiones que mantienen su carácter no competitivo, de la complicidad –activa o pasiva- de voceros importantes de la política democrática.
También es colaboracionismo hacer creer que no se comprende que hay un cálculo necesario en términos del cruce de las curvas de opresión y libertad, que tiene que ver con los costos de cada una y con cargarle el costo de la opresión al régimen y facilitarle el de la libertad a voceros seleccionados. Y que ello forma parte de la lucha necesaria frente al totalitarismo hegemónico imperante.
Es cohabitación, beneficiosa a liderazgos y maquinarias, el electoralismo sin política. Las campañas electorales son un filón, un modus vivendi de muchos. He sido testigo de la venta de tarjetas partidistas, padrones electorales ficticios, operativos electorales incompletos, actas, manos alzadas en las MUD regionales y locales, direcciones de partidos, etc. He visto de cerca cómo, para muchos liderazgos locales y regionales, el asunto de la política nacional, ni siquiera interesa. Lo de ellos es una concejalía, alcaldía o gobernación, con prescindencia de toda consideración política nacional. Para algunos que incluso han estado en la política nacional, un feudo regional vale más que la solución a la crítica situación nacional.
Pues, resulta que el diseño “político” de la MUD es estulticiamente electoralista. Responde a un modelo de acuerdo al cual: 1) no hay posibilidad de fraude y 2) los que nunca votaron saldrán a votar cada vez que sean convocados.
De nada vale que ESDATA les pueda demostrar cómo es que se montan los fraudes, ni que la esperanza de alta participación nunca se haya concretado. No se ataca los temas políticos básicos y el irrespeto a derechos. No se contiene al régimen. No se le demuestra su mediocridad. No se le quiere generar la mínima molestia. No se gestiona el nuevo “bloque histórico”. No hay un manejo con base en incentivos; etc., etc.
Llego al final. Sé que soy duro. Mis amigos en la cúpula me lo reclaman. Pero, o me pliego al statu quo y me siento mal,… o digo lo que me permite el conocimiento. Los partidos siguen sin reconocimiento social, mantienen su lógica ‘olsoniana’, pero aún menosprecian a la sociedad. Su credibilidad es muy baja. En muy alto nivel, en esferas externas, se tiene un muy mal concepto y malas –y vergonzosas- experiencias de cierta dirigencia democrática.
Como concluirán, hay varios juegos en curso. Las circunstancias y factores de un proceso como el que experimenta Venezuela son múltiples y dinámicos. Que nadie esté seguro de que ostenta el monopolio de la política democrática. Ver cómo operaron las circunstancias y factores en 1957-58, en toda su complejidad, es un buen ejercicio. La fuerza de la política y algunas instituciones serán las que definan la unidad democrática nacional que surja al final. Nada está dicho, nada es definitivo.
La historia nos brinda otra oportunidad. No me voy por el camino simplista de afirmar que en octubre nos quitamos la tragedia actual de encima. Ganar aún requiere condiciones que no hemos instrumentado. Lo que pase dependerá de la calidad relativa de los “juegos” de las partes. El modelo político para la Venezuela por venir aún espera su hora.
*Santiago José Guevara García
(Valencia, Venezuela)
sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1
Comprender Venezuela (V°)
Santiago José Guevara García*
“Hay que definir, no un programa de gobierno, sino una exigente y prolija transición democrática”. En el artículo anterior decíamos “que un esfuerzo de reinstitucionalización general debe ser abordado como urgencia y plan altamente estructurado de los dos primeros trimestres de ejercicio”. Resulta lo mismo que decir que una “concentración de decisiones” resulta necesaria. Es el arranque de la transición democrática.
Una mezcla de vías es completamente posible y recomendable. No caben dogmatismos ni subterfugios algunos al respecto. Nuestro “Proyecto Bicentenario” hace acopio de esas vías, sin fijaciones ni límites. Nos interesa la mayor amplitud estratégica para la inmensa y compleja tarea de reconstitución social e institucional de la República.
La situación política actual en la política democrática venezolana –una evidente partición de aguas en posiciones y propuestas- permite agregar un poco de sazón al tema que nos interesa. Uno de los precandidatos, Diego Arria, soltó en el primer debate televisado, el 14 de noviembre, entre otras -también polémicas- la propuesta de una Asamblea Constituyente, apenas se asuma el poder. Y refiere algunos temas para reformas o en la constituyente misma. En el segundo debate, Pablo Medina también lanzó una propuesta constituyente. Ambos proponen soluciones esenciales al conflicto nacional y sus secuelas.
Esos temas atrajeron la atención del electorado y los medios, pero también una reacción de los sectores tradicionales de la política democrática y de la cúpula de la Mesa. Después del segundo debate se sabe de buenas fuentes que la Mesa propondrá un texto de acuerdo unitario a ser suscrito el 23 de enero próximo por los precandidatos en el cual se excluye la Constituyente como modo de reinstitucionalización del país. No se sabe si se hará lo mismo con el tema de la transición democrática, en lo relativo a los temas de la gobernabilidad de los primeros años del eventual nuevo ciclo democrático. De hecho, ni siquiera es mencionado en el documento ya suscrito el 26 de septiembre pasado, por representantes diversos de la política democrática. Las apuestas sobre el 23 de enero van del impasse seguro al arreglo en baja voz.
Quien quiera que sea que encarne la política democrática de cara a las elecciones presidenciales de octubre próximo deberá enfrentar el reto de formular los escenarios de la entrega/recepción del poder y de la forzosa transición democrática. Cuáles sean los escenarios reales en ese Rubicón marcarán “la mitad” de las posibilidades concretas de acción. Un vacío de poder o una intención de cooptación del régimen en “artículo mortis” son situaciones extremas y antinómicas. La otra “mitad” de las posibilidades dependerá de la capacidad de los operadores políticos en el proceso.
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La propia historia democrática nacional nos muestra, en un pasaje sobre el cual se tiende una especie de manto de ocultamiento, cómo el lapso de la noche del 22 de enero de 1958 a la mañana del 24, no fue una clara apuesta por el regreso a la vida republicana, sino un intento de depuración y reafirmación de la clase militar, abortado por la confluencia activa de sectores políticos y sociales y la inteligente gestión política de algunos operadores en el Palacio Blanco. Lo que voy a afirmar, nadie lo dice: el preciso desenlace fue impulsado por las Fuerzas Armadas, con pretensión de cooptar el nuevo proceso, expresada claramente en la composición de la Junta Militar de Gobierno instalada y el artículo tres de su Acta Constitutiva.
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Con independencia de las subjetividades acomodaticias de la clase política venezolana, nadie duda que los retratos de la precisa situación actual y de los próximos meses, exigen una “concentración de decisiones” y una vigilante gestión, para el presente, el interín, el día “cero” y subsiguientes. La panoplia de medios debe ser previamente desplegada en un menú de opciones para cada escenario. No es cuestión de creer o no en ellos. Es lo que nos permite aprender la historia real. Para ello, la dirigencia no puede ser cualquiera. No es tema de carismas, sino de equipos. Nadie puede sentirse ausente. La sociedad debe estar movilizada o presta a ello.
El pase de una eventual victoria en 2012 a una posibilidad democrática de largo plazo va a depender de la inteligencia, la capacidad y la apropiada lectura del específico momento de la transición democrática. No es manía temática plantearla. Es la realidad que enfrentaremos. La realidad es lo que es y no lo que algunos quieren que sea.
Comprender Venezuela (VI°)
Santiago José Guevara García
Ya vamos terminando nuestra serie. Es nuestro penúltimo artículo. En la quinta y última afirmación del primero decíamos: “Y hay que iniciar desde ya la preparación de un largo ciclo virtuoso de democracia”. Es la propuesta más trascendente. La que puede asegurar la definitiva –y hasta ahora imposible- madurez institucional y política de la sociedad venezolana, con todos sus efectos positivos derivados.
No la hacemos, de toda evidencia, en función de nuestro propio y mezquino horizonte de vida. Aunque nos reta iniciarla. De hecho, lo hacemos por la vía de nuestros aportes personales, en los planos principista y conceptual, al “Proyecto Bicentenario”. Es que el reto es de largo plazo. Y el criterio de éxito, consolidar. La consolidación democrática de Venezuela y el progreso general aparejado son los propósitos de nuestros afanes.
Del tema nadie habla en el país. O lo hace erradamente. Así como nos tocó, en veces anónimamente, impulsar el concepto transición, ahora nos lo proponemos con la consolidación. Hay un problema: el largo plazo interesa a pocos. Se le concibe como una evasión del presente, sin percatarse que todos los plazos –incluido el largo- empiezan hoy mismo. O sea, en el presente. Nuestro planteamiento es claro: los conceptos, los acuerdos, los procesos, las instituciones, etc., para el largo plazo de la democracia deben comenzar a acordarse y establecerse ahora.
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La preocupación estuvo en las mentes y expresiones de los “padres fundadores” de la democracia. Estuvo en Mariano Picón Salas, en 1946. Estuvo, menos nítido, en Rómulo Betancourt, en 1958. Puntofijo no la expresó cabalmente. Posiblemente la turbulenta década de los ’60 impidió la maduración de un proceso y una reflexión que se acercaran al proyecto de largo plazo. Después, sólo formalidades y exquisiteces, nunca cercanas a la realidad. Sólo la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado) apuntó a algo de lo necesario, pero mal conceptuada y en contexto adverso y definiciones erráticas.
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Hoy, para muchos, es una finura lejana. No se hace el trabajo cultural de implantar el largo plazo como tema político y luego se alega su ausencia en la agenda, para estigmatizarlo. Uno descubre que el largo plazo es un concepto que tiene que luchar por su vida todos los días: lo es –vayan dos ejemplos- en la planificación territorial y urbana y en las grandes obras de infraestructura. El drama lo expresaba crudamente un amigo muy querido, cuando me criticaba por coordinar un plan de ordenamiento de una zona litoral del país y referirme a los resultados a veinte años. Decía: “Santiago se interesa por lo que pasará en el futuro lejano, mientras a la gente le dará hambre tres veces hoy”. El concepto implícito en su posición es que corto y largo plazos son bienes sustitutivos y no complementarios.
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La consolidación democrática venezolana debe ser el resultado de un acuerdo social amplio y prolongado. Deberá cobijar instituciones y prácticas para el largo plazo (un Observatorio de la Sostenibilidad Democrática, o la definición de diversas “funciones públicas” profesionales: maestros, policías, jueces, etc.) formalizadas de una o varias formas cualesquiera (desde una Constituyente hasta la acción ordinaria de un Alto Tribunal Constitucional). Dos son entonces los medios disponibles hoy para abordar la tarea: una actividad de formalización de definiciones para el largo plazo y un dispositivo permanente de observación, evaluación y control de la sostenibilidad (y renovación) de las instituciones.
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El logro exige condiciones culturales y políticas hoy excepcionales. Las Universidades están dispuestas a atacar las primeras. Al menos eso han dicho, por la vía de nuestro Proyecto. Las segundas no son evidentes hoy, pero tampoco ha existido el contexto que las permita. Estamos posiblemente en el mejor momento después de 1958. Chávez lo tuvo, lo dilapidó y metió al país en un hoyo siniestro. Estamos, como digo en mi libro, frente a un nuevo ciclo largo de democracia y sería una insensatez iniciarlo sin los pasos hacia lo permanente.
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La consolidación democrática es el tema es al cual presto mayor atención. A contracorriente. Pero, estoy acostumbrado. Venezuela no puede seguir siendo una maldita mina a la que nadie, ni propios ni extraños, mira y trata con afecto y consideración.
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Para ser una nación –termino con una de mis citas preferidas- debe desplegarse lo que Picón Salas llamó “la voluntad dirigida”,… “aquella conciencia poblada de previsión y de pensamiento que desde los días de hoy avizora los problemas de mañana”.
Comprender Venezuela (VII° y último)
Santiago José Guevara García*
Hemos llegado al final de la serie. Siete artículos que nos han permitido traer a la superficie varios temas de naturaleza y crítico valor político. Son, por decirlo así, la maleza que debe ser segada para abrir brecha al Proyecto de País.
No tiene sentido de realidad ni posibilidad de trascendencia ninguna formulación respecto a temas del bienestar, sean globales, sectoriales o territoriales, si no se ha resuelto el problema de la viabilidad de la democracia y el progreso a corto, mediano y largo plazos.
Como pudimos exponer, hay temas de hoy, del mañana inmediato, de pasado mañana y de siempre. Finalicemos la serie puntualizando lo que no es aceptable: 1) el colaboracionismo, 2) el acostumbramiento de liderazgos y maquinarias a la cohabitación, 3) el estéril electoralismo, 4) la timidez en la proclama de la transición a la democracia, 5) la ausencia de un esquema claro y riguroso de lucha contra el totalitarismo imperante, 6) la no consideración de la ineludible transición democrática, 7) las maniobras tras bastidores para enfrentar modos estratégicamente válidos de reinstitucionalización y 8) la no asunción y preparación de la deseable consolidación democrática. Concentrémonos en los tres primeros.
No enfrentar políticamente el tema de las condiciones electorales es colaboracionismo. Sí, colaboracionismo. Igual que muchos, en la sociedad francesa, con Adolfo Hitler, en la primera mitad de los ’40 del siglo pasado. Después dijeron que no lo sabían. Pero, quedaron marcados para toda la vida.
El punto es que el sistema electoral ‘chavista’ es sólo aparentemente competitivo, cuando en efecto no lo es. Y se aprovecha, para las decisiones que mantienen su carácter no competitivo, de la complicidad –activa o pasiva- de voceros importantes de la política democrática.
También es colaboracionismo hacer creer que no se comprende que hay un cálculo necesario en términos del cruce de las curvas de opresión y libertad, que tiene que ver con los costos de cada una y con cargarle el costo de la opresión al régimen y facilitarle el de la libertad a voceros seleccionados. Y que ello forma parte de la lucha necesaria frente al totalitarismo hegemónico imperante.
Es cohabitación, beneficiosa a liderazgos y maquinarias, el electoralismo sin política. Las campañas electorales son un filón, un modus vivendi de muchos. He sido testigo de la venta de tarjetas partidistas, padrones electorales ficticios, operativos electorales incompletos, actas, manos alzadas en las MUD regionales y locales, direcciones de partidos, etc. He visto de cerca cómo, para muchos liderazgos locales y regionales, el asunto de la política nacional, ni siquiera interesa. Lo de ellos es una concejalía, alcaldía o gobernación, con prescindencia de toda consideración política nacional. Para algunos que incluso han estado en la política nacional, un feudo regional vale más que la solución a la crítica situación nacional.
Pues, resulta que el diseño “político” de la MUD es estulticiamente electoralista. Responde a un modelo de acuerdo al cual: 1) no hay posibilidad de fraude y 2) los que nunca votaron saldrán a votar cada vez que sean convocados.
De nada vale que ESDATA les pueda demostrar cómo es que se montan los fraudes, ni que la esperanza de alta participación nunca se haya concretado. No se ataca los temas políticos básicos y el irrespeto a derechos. No se contiene al régimen. No se le demuestra su mediocridad. No se le quiere generar la mínima molestia. No se gestiona el nuevo “bloque histórico”. No hay un manejo con base en incentivos; etc., etc.
Llego al final. Sé que soy duro. Mis amigos en la cúpula me lo reclaman. Pero, o me pliego al statu quo y me siento mal,… o digo lo que me permite el conocimiento. Los partidos siguen sin reconocimiento social, mantienen su lógica ‘olsoniana’, pero aún menosprecian a la sociedad. Su credibilidad es muy baja. En muy alto nivel, en esferas externas, se tiene un muy mal concepto y malas –y vergonzosas- experiencias de cierta dirigencia democrática.
Como concluirán, hay varios juegos en curso. Las circunstancias y factores de un proceso como el que experimenta Venezuela son múltiples y dinámicos. Que nadie esté seguro de que ostenta el monopolio de la política democrática. Ver cómo operaron las circunstancias y factores en 1957-58, en toda su complejidad, es un buen ejercicio. La fuerza de la política y algunas instituciones serán las que definan la unidad democrática nacional que surja al final. Nada está dicho, nada es definitivo.
La historia nos brinda otra oportunidad. No me voy por el camino simplista de afirmar que en octubre nos quitamos la tragedia actual de encima. Ganar aún requiere condiciones que no hemos instrumentado. Lo que pase dependerá de la calidad relativa de los “juegos” de las partes. El modelo político para la Venezuela por venir aún espera su hora.
*Santiago José Guevara García
(Valencia, Venezuela)
sjguevaragarcia@gmail.com / @SJGuevaraG1




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